Un par de medias de seda de Kate Chopin con locución de Paqui Padilla Navarro y música Soiree Polka Stephen Foster Instrumental y Beautiful Dreamer
Historia de Abdula, el mendigo ciego
El mendigo ciego que había jurado
no recibir ninguna limosna que no estuviera acompañada de una bofetada,
refirió al Califa su historia:
-Comendador de los Creyentes, he
nacido en Bagdad. Con la herencia de mis padres y con mi trabajo, compré
ochenta camellos que alquilaba a los mercaderes de las caravanas que se
dirigían a las ciudades y a los confines de tu dilatado imperio.
Una tarde que volvía de Bassorah
con mi recua vacía, me detuve para que pastaran los camellos; los vigilaba,
sentado a la sombra de un árbol, ante una fuente, cuando llegó un derviche que
iba a pie a Bassorah. Nos saludamos, sacamos nuestras provisiones y nos pusimos
a comer fraternalmente. El derviche, mirando mis numerosos camellos, me dijo
que no lejos de ahí, una montaña recelaba un tesoro tan infinito que aun
después de cargar de joyas y de oro los ochenta camellos, no se notaría mengua
en él. Arrebatado de gozo me arrojé al cuello del derviche y le rogué que me
indicara el sitio, ofreciendo darle en agradecimiento un camello cargado. El
derviche entendió que la codicia me hacía perder el buen sentido y me contestó:
-Hermano, debes comprender que tu
oferta no guarda proporción con la fineza que esperas de mí. Puedo no hablarte
más del tesoro y guardar mi secreto. Pero te quiero bien y te haré una
proposición más cabal. Iremos a la montaña del tesoro y cargaremos los ochenta
camellos; me darás cuarenta y te quedarás con otros cuarenta, y luego nos
separaremos, tomando cada cual su camino.
Esta proposición razonable me
pareció durísima, veía como un quebranto la pérdida de los cuarenta camellos y
me escandalizaba que el derviche, un hombre harapiento, fuera no menos rico que
yo. Accedí, sin embargo, para no arrepentirme hasta la muerte de haber perdido
esa ocasión.
Reuní los camellos y nos
encaminamos a un valle rodeado de montañas altísimas, en el que entramos por un
desfiladero tan estrecho que sólo un camello podía pasar de frente.
El derviche hizo un haz de leña
con las ramas secas que recogió en el valle, lo encendió por medio de unos
polvos aromáticos, pronunció palabras incomprensibles, y vimos, a través de la
humareda, que se abría la montaña y que había un palacio en el centro.
Entramos, y lo primero que se ofreció a mi vista deslumbrada fueron unos
montones de oro sobre los que se arrojó mi codicia como el águila sobre la
presa, y empecé a llenar las bolsas que llevaba.
El derviche hizo otro tanto, noté
que prefería las piedras preciosas al oro y resolví copiar su ejemplo. Ya cargados
mis ochenta camellos, el derviche, antes de cerrar la montaña, sacó de una
jarra de plata una cajita de madera de sándalo que según me hizo ver, contenía
una pomada, y la guardó en el seno.
Salimos, la montaña se cerró, nos
repartimos los ochenta camellos y valiéndome de las palabras más expresivas le
agradecí la fineza que me había hecho, nos abrazamos con sumo alborozo y cada
cual tomó su camino.
No había dado cien pasos cuando
el numen de la codicia me acometió. Me arrepentí de haber cedido mis cuarenta
camellos y su carga preciosa, y resolví quitárselos al derviche, por buenas o
por malas. El derviche no necesita esas riquezas -pensé-, conoce el lugar del
tesoro; además, está hecho a la indigencia.
Hice parar mis camellos y
retrocedí corriendo y gritando para que se detuviera el derviche. Lo alcancé.
-Hermano -le dije-, he
reflexionado que eres un hombre acostumbrado a vivir pacíficamente, sólo
experto en la oración y en la devoción, y que no podrás nunca dirigir cuarenta
camellos. Si quieres creerme, quédate solamente con treinta, aun así te verás
en apuros para gobernarlos.
-Tienes razón -me respondió el
derviche-. No había pensado en ello. Escoge los diez que más te acomoden,
llévatelos y que Dios te guarde.
Aparté diez camellos que
incorporé a los míos, pero la misma prontitud con que había cedido el derviche,
encendió mi codicia. Volví de nuevo atrás y le repetí el mismo razonamiento,
encareciéndole la dificultad que tendría para gobernar los camellos, y me llevé
otros diez. Semejante al hidrópico que más sediento se halla cuanto más bebe,
mi codicia aumentaba en proporción a la condescendencia del derviche. Logré, a
fuerza de besos y de bendiciones, que me devolviera todos los camellos con su
carga de oro y de pedrería. Al entregarme el último de todos, me dijo:
-Haz buen uso de estas riquezas y
recuerda que Dios, que te las ha dado, puede quitártelas si no socorres a los
menesterosos, a quienes la misericordia divina deja en el desamparo para que
los ricos ejerciten su caridad y merezcan, así, una recompensa mayor en el
Paraíso.
La codicia me había ofuscado de
tal modo el entendimiento que, al darle gracias por la cesión de mis camellos,
sólo pensaba en la cajita de sándalo que el derviche había guardado con tanto
esmero.
Presumiendo que la pomada debía
encerrar alguna maravillosa virtud, le rogué que me la diera, diciéndole que un
hombre como él, que había renunciado a todas las vanidades del mundo, no
necesitaba pomadas.
En mi interior estaba resuelto a
quitársela por la fuerza, pero, lejos de rehusármela, el derviche sacó la
cajita del seno, y me la entregó.
Cuando la tuve en las manos, la
abrí. Mirando la pomada que contenía, le dije:
-Puesto que tu bondad es tan
grande, te ruego que me digas cuáles son las virtudes de esta pomada.
-Son prodigiosas -me contestó-.
Frotando con ella el ojo izquierdo y cerrando el derecho, se ven distintamente
todos los tesoros ocultos en las entrañas de la tierra. Frotando el ojo
derecho, se pierde la vista de los dos.
Maravillado, le rogué que me
frotase con la pomada el ojo izquierdo.
El derviche accedió. Apenas me
hubo frotado el ojo, aparecieron a mi vista tantos y tan diversos tesoros, que
volvió a encenderse mi codicia. No me cansaba de contemplar tan infinitas
riquezas, pero como me era preciso tener cerrado y cubierto con la mano el ojo
derecho, y esto me fatigaba, rogué al derviche que me frotase con la pomada el
ojo derecho, para ver más tesoros.
-Ya te dije -me contestó- que si
aplicas la pomada al ojo derecho, perderás la vista.
-Hermano -le repliqué sonriendo-
es imposible que esta pomada tenga dos cualidades tan contrarias y dos virtudes
tan diversas.
Largo rato porfiamos; finalmente,
el derviche, tomando a Dios por testigo de que me decía la verdad, cedió a mis
instancias. Yo cerré el ojo izquierdo, el derviche me frotó con la pomada el
ojo derecho. Cuando los abrí, estaba ciego.
Aunque tarde, conocí que el
miserable deseo de riquezas me había perdido y maldije mi desmesurada codicia.
Me arrojé a los pies del derviche.
-Hermano -le dije-, tú que
siempre me has complacido y que eres tan sabio, devuélveme la vista.
-Desventurado -me respondió-, ¿no
te previne de antemano y no hice todos los esfuerzos para preservarte de esta
desdicha? Conozco, sí, muchos secretos, como has podido comprobar en el tiempo
que hemos estado juntos, pero no conozco el secreto capaz de devolverte la luz.
Dios te había colmado de riquezas que eras indigno de poseer, te las ha quitado
para castigar tu codicia.
Reunió mis ochenta camellos y
prosiguió con ellos su camino, dejándome solo y desamparado, sin atender a mis
lágrimas y a mis súplicas. Desesperado, no sé cuántos días erré por esas
montañas; unos peregrinos me recogieron.
FIN
FRAGMENTO DE “EL HALCÓN MALTÉS”
DE DASHIELL HAMMETT, publicada en 1930
CAPÍTULO 1. Spade y Archer
Samuel Spade tenía larga y huesuda la quijada
inferior, y la barbilla era una V protuberante bajo la V más flexible de la
boca. Las aletas de la nariz retrocedían en curva para formar una V más
pequeña. Los ojos, horizontales, eran de un gris amarillento. El tema de la V
lo recogía la abultada sobreceja que destacaba en medio de un doble pliegue por
encima de la nariz ganchuda, y el pelo, castaño claro, arrancaba de sienes
altas y aplastadas para terminar en un pico sobre la frente. Spade tenía el
simpático aspecto de un Satanás rubio. —¿Sí, cariño? —le dijo a Effie Perine.
Era una muchacha larguirucha y tostada por el sol. El vestido de fina lana se
le ceñía dando la impresión de estar mojado. Los ojos, castaños y traviesos,
brillaban en una cara luminosa de muchacho. Acabó de cerrar la puerta tras de
sí, se apoyó en ella y dijo: —Ahí fuera hay una chica que te quiere ver. Se
llama Wonderly. —¿Cliente? —Supongo. En cualquier caso, querrás verla. Es un
bombón. —Adentro con ella, amor mío —dijo Spade—, ¡adentro! Effie volvió a
abrir la puerta y salió al primer despacho, conservando una mano sobre la bola
de la puerta, en tanto que decía: —¿Quiere usted pasar, miss Wonderly? Una voz
dijo «gracias» tan quedamente que sólo una perfecta articulación hizo
inteligible la palabra, y una mujer joven pasó por la puerta. Avanzó despacio,
como tanteando el piso, mirando a Spade con ojos del color del cobalto, a la
vez tímidos y penetrantes. Era alta, cimbreña, sin un solo ángulo. Se mantenía
derecha y era alta de pecho. Iba vestida en dos tonos de azul, elegidos
pensando en los ojos. El pelo que asomaba por debajo del sombrero azul era de
color rojo oscuro, y los llenos labios, de un rojo más encendido. A través de
su sonrisa brillaba la blancura de los dientes. Spade se levantó, saludó
inclinándose y señaló con la mano de gruesos dedos el sillón de roble junto a
la mesa. Era alto, al menos de seis pies de estatura. El fuerte declive
redondeado de los hombros hacía que su cuerpo pareciera casi cónico -no más
ancho que gordo e impedía que la americana recién planchada le sentara bien.
—Gracias —dijo la muchacha en un murmullo, antes de sentarse en el borde de
madera del sillón. Spade se dejó caer en su sillón giratorio y le hizo dar un
cuarto de vuelta para quedar de frente a la muchacha, sonriendo cortésmente.
Sonreía sin separar los labios. Todas las uves de su rostro se hicieron más
largas. El ruidillo del tecleo, el débil retinglar del timbre y el apagado
rumor del carro de la máquina de escribir de Effie llegaban a través de la puerta
cerrada. En alguna oficina cercana vibraba sordamente el motor de una máquina.
Sobre la mesa de Spade humeaba un cigarrillo en un cenicero colmado de
fláccidas colillas. El tablero amarillo de la mesa, el secante verde y los
papeles que sobre él había estaban espolvoreados de copos grises de ceniza. Una
ventana con cortinas color garbanzo, entreabierta unas ocho o diez pulgadas,
dejaba entrar del patio un aire que olía a amoníaco. Los copos de ceniza
temblaban y se arrastraban lentamente sobre la mesa en la corriente. Miss
Wonderly contempló a los copos grises estremecerse y reptar. Sus ojos estaban
intranquilos. Permanecía sentada sobre el borde del sillón. Los pies, apoyados
de plano sobre el suelo, daban la sensación de que estaba a punto de levantarse.
Las manos, calzadas de guantes oscuros, se apretaban sobre un bolso oscuro
plano que tenía en el regazo. Spade se meció en su sillón y preguntó: —Bien,
¿en qué puedo servirle, miss Wonderly? Ella contuvo la respiración, le miró,
tragó saliva y dijo apresuradamente: —¿Podría usted...? He pensado... Yo..., es
decir... Se mordisqueó el labio interior con dientes brillantes y calló. Sólo
los ojos oscuros hablaban ahora, suplicando. Spade sonrió y asintió con la
cabeza como si la comprendiera, pero placenteramente, cual si de nada grave se
tratara, y dijo: —¿Por qué no me lo cuenta todo, desde el principio, y entonces
sabremos qué hay que hacer? Remóntese todo lo que pueda. —Fue en Nueva York.
—Sí.
Cartas de amor | de Antoine De Saint-Exupéry a su mujer, Consuelo Suncín De Saint-Exupéry.
Mayo de 1944
No se dan las gracias a un jardín. Yo siempre he dividido a la humanidad en dos partes. Hay seres-jardín y seres-patio. Estos pasean su patio consigo, lo sofocan a uno entre sus cuatro muros, y uno se ve obligado a hablar con ellos para hacer ruido. Es penoso, el silencio, en un patio. Pero por los jardines uno se pasea. Uno puede callarse y respirar. Se está a gusto. Y las sorpresas agradables aparecen solas. No hay nada que buscar. Una mariposa, un escarabajo, una luciérnaga se nos muestran. No sabemos nada sobre la civilización de la luciérnaga. Uno sueña. El escarabajo parece saber a dónde va. Tiene mucha prisa. Es asombroso, y seguimos soñando. Luego la mariposa. Cuando se posa sobre una flor espléndida, uno se dice: para ella es como si se posara en una terraza de Babilonia, un jardín colgante que se balancea… Luego uno se calla al ver tres o cuatro estrellas. Pero no le doy las gracias por todo esto. Usted es como es. Simplemente tengo ganas de pasearme todavía en su jardín. También pensé otra cosa. Hay gente-carretera nacional y hay gente-senderos. La gente-carretera nacional me aburre. Me aburre el granito de los mojones. Van hacia algo preciso, una ganancia, una ambición. A lo largo de los senderos, por el contrario, hay avellanos, y se puede pasear entre ellos para mordisquear sus frutos. A cada paso, uno está allí para estar allí, no en otro lugar. Pero no hay absolutamente nada que aprender de los mojones.