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lunes, 12 de enero de 2026

Un par de medias de seda con locución de Paqui Padilla Navarro

 



Un par de medias de seda de Kate Chopin con locución de Paqui Padilla Navarro y música Soiree Polka Stephen Foster InstrumentalBeautiful Dreamer

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Un par de medias de seda de Kate Chopin

Kate Chopin

La pequeña señora Sommers se encontró inesperadamente un día con que era la feliz poseedora de quince dólares. Para ella esa era una gran suma de dinero y la manera en que abultaba su viejo y gastado porte-monnaie la hacía sentirse importante como no se había sentido en años.

La cuestión de cómo invertir el dinero la mantuvo muy ocupada. Por uno o dos días caminó en un estado de ensoñación, aunque en realidad estaba absorta en especulaciones y cálculos. No quería actuar de manera apresurada o hacer algo de lo que más tarde se arrepintiera. Pero fue en las horas quietas de la noche, mientras las ideas se multiplicaban en su mente, que creyó ver con claridad cómo usar ese dinero de la manera más juiciosa y correcta.

Agregaría uno o dos dólares a la cantidad que gastaba usualmente en los zapatos de Janie; así se aseguraría que duraran mucho más tiempo. Compraría metros y metros de percal para las camisas de los niños y para Janie y Mag. Siempre se esforzaba en hacerlas durar con su habilidad para los arreglos. Mag necesitaba otro vestido. En las vidrieras había visto algunos diseños preciosos, verdaderas gangas. Y todavía quedaría bastante para unas medias —dos pares para cada uno—. ¡Y cuántos zurcidos se ahorraría! Podría conseguir gorras para los varones y unos sombreros de marinero para las niñas. La visión de su pequeña prole, luciendo elegante y de estreno por una vez en la vida, la llenó de entusiasmo y la expectativa la desveló por completo.

Los vecinos comentaban a veces las “épocas mejores” que la pequeña señora Sommers había conocido antes de haberse imaginado siquiera como la señora Sommers. Ella misma no se permitía esa amarga retrospección. No tenía tiempo, ni un minuto de tiempo, para dedicarle al pasado. Las necesidades del presente absorbían todas sus facultades. La visión del futuro como un oscuro y pequeño monstruo a veces la abatía, pero por suerte el mañana nunca llega, como suele decirse.

La señora Sommers era una de esas mujeres que sabían reconocer el valor de una oferta; podía pasarse horas de pie hasta llegar paso a paso hasta el objeto anhelado que se vendiera al mejor precio. Sabía cómo abrirse camino si era necesario; había aprendido a mantenerse con perseverancia y determinación aferrada a la prenda hasta que fuera su turno, no importaba cuánto tiempo tardara.

Pero ese día se sentía un poco débil y cansada. Había comido algo ligero… ¡no! Ahora que lo pensaba, entre la comida de los niños, el orden de la casa y prepararse para la batalla de las compras se había olvidado por completo de su almuerzo.

Se sentó en un taburete giratorio frente a un mostrador casi desierto, tratando de reunir fuerzas y coraje para enfrentarse con la exaltada muchedumbre que rodeaba los parapetos donde se vendían los patrones y las telas para las camisas de batista. Una sensación de debilidad que hacía tiempo no sentía, la invadió de pronto y puso las manos al descuido sobre el mostrador. No llevaba guantes. Notó entonces que su mano estaba apoyada sobre algo muy suave, muy agradable. Al mirar hacia abajo vio que su mano descansaba sobre unas medias de seda. Un letrero anunciaba que su precio había bajado de dos dólares con cincuenta a un dólar con noventa y ocho centavos y una joven que estaba de pie detrás del mostrador le preguntó si deseaba ver la colección de medias. Sonrió como si le hubieran ofrecido examinar una tiara de diamantes y tuviera la intención de comprarla. Pero siguió tocando la tela suave, lujosa, con las dos manos ahora, sosteniéndola en alto para observar su brillo y sentirla deslizándose como una serpiente entre los dedos.

Dos manchas rojas aparecieron súbitamente en sus pálidas mejillas. Miró a la joven.

—¿Habrá aquí algún par ocho y medio?

Sí, había muchos pares ocho y medio. De hecho, había más pares en esa medida que en cualquier otra. Había azul claro, había color lavanda, negro y varios tonos de tostado y de gris. La señora Sommers tomó un par negro y lo miró con detenimiento un largo rato. Simulaba examinar la calidad que la empleada le aseguraba era excelente.

—Un dólar y noventa y ocho centavos —dijo en voz alta—. Está bien. Me llevo este par.

Le extendió a la chica un billete de cinco dólares y esperó el vuelto y su paquete. ¡Qué envoltorio tan pequeño! Pareció desaparecer en el fondo de su vieja y gastada bolsa.

La señora Sommers no se dirigió después al mostrador de ofertas. Tomó el ascensor, que la llevó a un piso superior donde estaban los probadores de mujeres. Allí, en un rincón apartado, se cambió las medias de algodón por las nuevas de seda que acababa de comprar. No estaba llevando a cabo un análisis minucioso, ni se debatía consigo misma, ni trataba de explicarse el motivo de sus acciones. De hecho, no estaba pensando en absoluto. Parecía que por el momento se había tomado unas vacaciones de esa laboriosa y agotadora actividad y se había abandonado a un impulso mecánico que guiaba sus acciones y la libraba de responsabilidades.

¡Qué bueno era sentir el roce de la seda natural sobre la piel! Se le antojó reclinarse hacia atrás en el mullido sillón y deleitarse en ese lujo por un rato. Así lo hizo unos minutos. Después se cambió los zapatos, enrolló juntas las medias de algodón y las tiró dentro de la bolsa. Enseguida se levantó, fue directo al sector de zapatos y se sentó para probarse.

Era exigente. El empleado no lograba entenderla. No podía conciliar los zapatos con sus medias. Y no era fácil de complacer. Se levantaba un poco la falda y ponía sus pies hacia un lado y su cabeza hacia el otro mientras contemplaba las botas brillantes de punta pronunciada. Su pie y su tobillo se veían muy bonitos. No podía creer que le pertenecieran, que fueran parte de ella. Quería algo con estilo y de calidad le dijo al joven vendedor que la atendía y no le importaba si salían uno o dos dólares más caros, siempre que consiguiera lo que ella quería.

Hacía mucho tiempo que la señora Sommers no usaba guantes. En las raras ocasiones en que se había comprado un par, habían sido siempre ofertas, tan baratos que hubiera sido absurdo y ridículo esperar que se ajustaran a la perfección.

Ahora descansó el brazo sobre un almohadón en la sección de guantes y una criatura preciosa, joven y agradable, de manos delicadas, le calzó unos guantes largos de “cabritilla”. Los acomodó con suavidad en la muñeca, los abotonó cuidadosamente, y ambas se quedaron uno o dos minutos admirando las pequeñas manos simétricas enguantadas. Pero había otros lugares más en donde gastar dinero.

Había libros y revistas apiladas en la ventana de un puesto unos pasos más allá, sobre la calle. La señora Sommers compró dos revistas caras de las que solía leer en los días en que supo tener una vida más cómoda. Las llevó sin envolver. Tan pronto como pudo se levantó un poco la falda en la esquina. Las medias y las botas y los guantes de calce perfecto habían hecho maravillas en su aspecto: le habían dado confianza, la sensación de pertenecer a la multitud de los bien vestidos.

Tenía mucha hambre. En otro momento habría desoído los ruidos de su estómago hasta llegar a su casa, donde se habría preparado una taza de té y hubiera comido cualquier cosa. Pero el impulso que ahora la guiaba no le permitía sufrir con esos pensamientos.

Había un restaurante en la esquina. Nunca había atravesado su puerta; desde afuera algunas veces había echado un vistazo al damasco inmaculado, al brillo de los cristales y a los amables camareros que atendían a gente a la moda.

Cuando entró, su apariencia no causó sorpresa ni consternación, como había temido en cierta forma. Se sentó sola en una mesa pequeña y un camarero muy atento se le acercó inmediatamente para tomar su pedido. Ella no pretendía mucho. Comería solo un rico bocado: media docena de ostras, un bol de berro, algo dulce, una crema frappé por ejemplo; una copa de vino del Rin, y para terminar una tacita de café negro.

Mientras esperaba que le sirvieran se quitó los guantes con estilo y los dejó a un lado. Luego tomó la revista y la hojeó, separando las hojas con la punta filosa del cuchillo. Todo era muy agradable. El damasco era más inmaculado de lo que parecía a través de la ventana y los cristales eran todavía más brillantes. Había damas y caballeros que no reparaban en ella y almorzaban en silencio en mesas pequeñas como la suya. Se oía una agradable y dulce melodía y una suave brisa entraba por la ventana abierta. Tomaba un bocado, leía una o dos frases, bebía un sorbo de vino ámbar y movía los dedos de los pies dentro de las medias de seda. Lo que costara no tenía importancia. Contó el dinero y dejó una moneda de más sobre la bandeja y él camarero se inclinó ante ella como si fuera una princesa de sangre real.

Todavía tenía dinero en su cartera y la siguiente tentación se le presentó en forma de afiche de matiné. Era un poco tarde cuando entró al teatro, la obra ya había empezado y la sala parecía llena, pero había asientos libres aquí y allá y la acomodaron en uno de ellos, entre damas espléndidamente vestidas que habían ido a matar el tiempo y a comer dulces y a lucir sus llamativos atuendos. Había muchos otros que estaban allí solo por la obra. Pero, con seguridad, se puede decir que ninguno le prestó tanta atención a todo lo que los rodeaba como la señora Sommers. Ella unió todo: escenario, actores y público en una única y amplificada experiencia, y la absorbió y disfrutó. Se rió con la comedia y lloró; ella y la llamativa mujer sentada a su lado lloraron con la tragedia. Y después hablaron un poco de ello. Y la llamativa mujer se secó los ojos y se sonó la nariz con un delicado y perfumado pañuelo con encaje y le pasó a la pequeña señora Sommers su caja de dulces.

La obra había terminado, la música dejó de sonar y el público comenzó a salir en fila. Era como un sueño que se acaba. La gente se dispersó en todas direcciones. La señora Sommers se dirigió a la esquina y esperó el tranvía.

Un hombre de mirada penetrante, que se sentó frente a ella, examinaba con interés su pequeño y pálido rostro. Le intrigaba descifrar lo que había allí. En verdad, no veía nada, salvo que fuera brujo y pudiera detectar el angustioso deseo, el intenso anhelo de que el tranvía no se detuviera nunca en ninguna parte y siguiera rodando y rodando con ella para siempre.

FIN

“A Pair of Silk Stockings”, Vogue 1897

Los tigres de Mompracem con locución de Darío Martínez Aznar


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Capítulo 1: Sandokán y Yáñez. Los tigres de Mompracem de Emilio Salgari con locución de Darío Martínez Aznar y música La mer de Claude Debussy
 

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LOS TIGRES DE MOMPRACEM

Capítulo 1: Sandokán y Yáñez

La noche del 20 de diciembre de 1849, un violentísimo huracán se desataba sobre Mompracem, isla salvaje de siniestra fama, refugio de terribles piratas, situada en el mar de Malasia, a pocos centenares de millas de las costas occidentales de Borneo.

Impulsados por un viento irresistible y entremezclándose confusamente, negros nubarrones corrían por el cielo como caballos desbocados, y de cuando en cuando dejaban caer sobre la impenetrable selva de la isla furiosos aguaceros; en el mar, levantadas también por el viento, olas enormes chocaban desordenadamente y se estrellaban con furia, confundiendo sus rugidos con las explosiones breves y secas unas veces, interminables otras, de los rayos.

Ni en las cabañas alineadas al fondo de la bahía de la isla, ni en las fortificaciones que la defendían, ni en los numerosos barcos anclados al amparo de los arrecifes, ni bajo los bosques, ni en la alborotada superficie del mar se divisaba luz alguna; sin embargo, si alguien que viniera de oriente hubiera mirado hacia arriba, habría podido ver brillar en la cima de un altísimo acantilado cortado a pico sobre el mar dos puntos luminosos: dos ventanas vivamente iluminadas.

Pero ¿quién podía velar, en aquella hora y con semejante tempestad, en la isla de los sanguinarios piratas?

En medio de un laberinto de trincheras destrozadas, de terraplenes caídos, de empalizadas arrancadas, de gaviones rotos, al lado de los cuales podían divisarse todavía armas inutilizables y huesos humanos, se levantaba una amplia y sólida cabaña adornada en su cúspide con una gran bandera roja, que ostentaba en el centro la cabeza de un tigre. Una de las habitaciones de la vivienda está iluminada; las paredes están cubiertas de pesados tejidos rojos y de terciopelos y brocados de gran calidad, pero ya manoseados, rotos y sucios; y el suelo queda oculto bajo una gruesa capa de alfombras persas, relucientes de oro, pero también rotas y manchadas.

En el centro hay una mesa de ébano, con incrustaciones de madreperla y adornada con flecos de plata, repleta de botellas y vasos del más puro cristal; en los ángulos se alzan grandes anaqueles, en parte caídos, llenos de jarrones rebosantes de brazaletes de oro, pendientes, anillos, medallones, preciosos ornamentos sagrados, retorcidos o aplastados, perlas procedentes sin duda de las famosas pesquerías de Ceilán, esmeraldas, rubíes y diamantes, que centellean como otros tantos soles bajo los reflejos de una lámpara dorada suspendida del techo.

En un rincón hay un diván turco con los flecos arrancados en varios lugares; en otro, un armónium de ébano con las teclas destrozadas y, espaciados alrededor, en una confusión indescriptible, hay alfombras enrolladas, espléndidos vestidos, cuadros quizá debidos a célebres pinceles, lámparas derribadas, botellas de pie o volcadas, vasos enteros o rotos, y además carabinas indias con arabescos, trabucos españoles, sables, cimitarras, hachetas, puñales y pistolas.

En esa habitación tan extrañamente decorada, un hombre está sentado en un butacón cojo: es alto, esbelto, de fuerte musculatura, con rasgos enérgicos varoniles, fieros, y de una extraña belleza.

Largos cabellos le caen hasta los hombros: una barba negrísima le enmarca un rostro ligeramente bronceado.

Tiene la frente amplia, sombreada por dos espesas cejas de arcos atrevidos; una boca pequeña que muestra unos dientes afilados como los de las fieras y relucientes como perlas; dos ojos negrísimos, que despiden un fulgor que fascina, que abrasa, que hace bajar la vista a cualquiera.

Llevaba sentado unos cuantos minutos, con los ojos fijos en la lámpara y las manos cerradas nerviosamente alrededor de la preciosa cimitarra que le colgaba de una larga faja de seda roja, sujeta alrededor de una casaca de terciopelo azul con flecos de oro.

Un estruendo formidable, que sacudió la gran cabaña hasta sus cimientos, lo arrancó bruscamente de aquella inmovilidad. Se echó hacia atrás los largos y ensortijados cabellos, se aseguró en la cabeza el turbante adornado con un espléndido diamante, grueso como una nuez, y se levantó de repente, echando a su alrededor una mirada en la que se podía leer un no sé qué de tétrico y amenazador.

-Es medianoche -murmuró-. ¡Medianoche, y todavía no ha vuelto!

Vació lentamente un vaso lleno de un líquido color ámbar, después abrió la puerta, se adentró con paso firme entre las trincheras que defendían la cabaña, y se paró al borde del gran acantilado, a cuyos pies rugía furiosamente el mar.

Se detuvo allí unos minutos con los brazos cruzados, inmóvil como la roca que lo sostenía, aspirando por encima del mar revuelto; luego se retiró lentamente, volvió a entrar en la cabaña y se paró delante del armónium

-¡Qué contraste! -exclamó-. ¡Fuera el huracán y yo aquí! ¿Quién es más terrible de los dos?

Deslizó los dedos sobre las teclas, obteniendo algunos sonidos muy rápidos, que tenían algo de extraño y salvaje; luego fueron disminuyendo, hasta que se perdieron entre el estruendo de los truenos y los silbidos del viento.

De pronto, volvió con vivacidad la cabeza hacia la puerta que había dejado entreabierta. Se quedó unos momentos escuchando, inclinado hacia adelante, con los oídos atentos; luego salió rápidamente, llegando hasta el borde del acantilado.

Al rápido resplandor de un relámpago divisó un pequeño barco, con las velas casi arriadas, que entraba en la bahía, confundiéndose en medio de los otros barcos anclados. Nuestro hombre acercó a sus labios un silbato de oro y emitió tres notas estridentes; un silbido agudo contestó unos momentos después

. -¡Es él! -murmuró con viva emoción-. ¡Ya era hora!

Cinco minutos después, un ser humano, envuelto en una amplia capa chorreando agua, se presentaba delante de la cabaña.

-¡Yáñez! -exclamó el hombre del turbante, echándole los brazos al cuello.

-¡Sandokán! -respondió el recién llegado, con un acento extranjero muy marcado-. ¡Brrr! ¡Qué noche de infierno, hermanito mío!

-¡Ven! Atravesaron rápidamente las trincheras y entraron en la habitación iluminada, cerrando la puerta. Sandokán llenó dos vasos y, ofreciendo uno al extranjero, que se había desembarazado de la capa y de la carabina que llevaba en bandolera, le dijo con un acento casi afectuoso:

-Bebe, mi buen Yáñez.

-A tu salud, Sandokán.

-A la tuya.

Vaciaron los vasos y se sentaron delante de la mesita.

El recién llegado era un hombre de unos treinta y tres o treinta y cuatro años, un poco mayor que su compañero. De mediana estatura, de constitución muy fuerte, tenía la piel blanquísima, las facciones regulares, los ojos grises, astutos, los labios finos y burlones, indicio de una voluntad de hierro. Se veía a primera vista que era europeo y que debía de pertenecer a alguna raza meridional.

-Bueno, Yáñez -preguntó Sandokán con cierta emoción

-: ¿has visto a la joven de los cabellos de oro?

-No, pero sé cuanto querías saber.

-¿No has ido a Labuán?

-Sí, pero comprenderás que en aquellas costas, vigiladas por los cruceros ingleses, no nos resultará fácil desembarcar a gente como nosotros.

-Háblame de esa joven. ¿Quién es?

-Puedo decirte que es una criatura maravillosamente hermosa, tan hermosa que es capaz de embrujar al más formidable pirata.

-¡Ah! -exclamó Sandokán.

-Me han dicho que tiene los cabellos rubios como el oro, los ojos más azules que el mar, la piel blanca como el alabastro. Sé que Alambra, uno de nuestros más feroces piratas, la vio una tarde pasearse por los bosques de la isla, y quedó tan impresionado por aquella belleza, que detuvo su nave para contemplarla mejor, con peligro de haber sido destrozado por los cruceros ingleses.

-Pero ¿a quién pertenece?

-Algunos dicen que es hija de un colono; otros, que lo es de un lord, y otros, en fin, que es nada menos que pariente del gobernador de Labuán.

-Extraña criatura -murmuró Sandokán oprimiéndose la frente con las manos.

-¿Entonces...? -preguntó Yáñez

El pirata no respondió. Se levantó bruscamente, presa de una viva emoción, y, llegándose hasta el armónium, dejó que sus dedos se deslizaran por las teclas.

Yáñez se limitó a sonreír y, descolgando de un clavo un viejo laúd, se puso a puntear sus cuerdas, diciendo:

-¡Está bien! Vamos a tocar un poco.

Pero apenas había comenzado a tocar un aire portugués, cuando vio a Sandokán acercarse bruscamente a la mesa, apoyando las manos en ella con tal violencia, que hizo que se doblara. Ya no era el mismo hombre de antes: su frente estaba borrascosamente fruncida, sus ojos despedían sombríos destellos, sus labios, separados, mostraban los dientes convulsamente apretados, y sus miembros se estremecían. En aquel momento era el formidable jefe de los feroces piratas de Mompracem, el hombre que desde hacía diez años ensangrentaba las costas de Malasia, el hombre que en todas partes había sostenido terribles batallas, el hombre a quien su extraordinaria audacia e indomable coraje le habían valido el apodo de Tigre de Malasia.

-¡Yáñez! -exclamó con un tono de voz que ya no tenía nada de humano-

. ¿Qué hacen los ingleses en Labuán?

-Están fortificándose -contestó tranquilamente el europeo.

-¿Quizá están tramando algo contra mí?

-Eso creo.

-¡Ah! ¿Lo crees? ¡Que se atrevan a levantar un dedo contra mi Mompracem! ¡Diles que intenten desafiar a los piratas en su escondrijo! El Tigre los destruirá hasta el último y se beberá toda su sangre. Dime, ¿qué dicen de mí?

-Que ya es hora de que se acabe con un pirata tan audaz.

-¿Me odian mucho?

-Tanto, que consentirían perder todos sus barcos con tal de ahorcarte.

-¡Ah! -¿Lo dudas? Hermanito mío, llevas ya muchos años haciendo una mala y otra peor. En todas las costas hay huellas de tus correrías; todos los pueblos y todas las ciudades han sido atacados y saqueados; todos los fuertes holandeses, españoles e ingleses han recibido tus balas, y el fondo del mar está erizado de naves que tú has echado a pique

-Es verdad, pero ¿quién tiene la culpa? ¿Acaso los hombres de raza blanca no han sido inexorables conmigo? ¿Acaso no me destronaron con el pretexto de que me hacía demasiado poderoso? ¿Acaso no asesinaron a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas, para destruir mi estirpe? ¿Qué mal les había hecho yo a ellos? ¡La raza blanca no había tenido nunca nada contra mí y a pesar de ello quisieron aplastarme! Ahora los odio, sean españoles, holandeses, ingleses o tus compatriotas portugueses; los maldigo y mi venganza será terrible: ¡lo juré sobre los cadáveres de mi familia y mantendré mi juramento! Si he sido despiadado con mis enemigos, espero que alguna voz se levantará para decir que a veces también he sido generoso.

-No una, sino cientos, miles de voces pueden decir que con los débiles has sido hasta demasiado generoso-dijo Yáñez-. Pueden decirlo todas las mujeres que han caído en tu poder y que has llevado a los puertos de los hombres blancos, con peligro de que los cruceros te echaran a pique; pueden decirlo las débiles tribus que has defendido de los saqueos de los poderosos, los pobres marinos privados de sus barcos en la tempestad y que tú has salvado de las olas y cubierto de regalos, y otros cientos y miles que siempre recordarán tu benevolencia, Sandokán. Pero dime, hermanito mío, ¿dónde quieres ir a parar?

El Tigre de Malasia no contestó. Se puso a pasear por la habitación con los brazos cruzados y con la cabeza inclinada sobre el pecho. ¿En qué pensaba aquel hombre formidable? El portugués Yáñez, aunque hacía mucho tiempo que lo conocía, no podía adivinarlo.

-Sandokán -dijo al cabo de algunos minutos-, ¿en qué piensas? El Tigre se detuvo mirándolo fijamente, pero no respondió.

-¿Te atormenta algún pensamiento? -prosiguió Yáñez-. ¡Bah! Diríase que te afliges porque te odian tanto los ingleses.

Pero también entonces permaneció el pirata silencioso. El portugués se levantó, encendió un cigarrillo y se acercó a una puerta oculta por el cortinaje, diciendo:

-Buenas noches, hermanito mío.

Sandokán, al oír aquellas palabras, se sobresaltó y, deteniendo a su amigo con un ademán, dijo:

-Una palabra, Yáñez. -Habla, entonces.

-¿Sabes que quiero ir a Labuán?

-¡Tú...! ¡A Labuán!

-¿Por qué tanta sorpresa?

-Porque eres demasiado audaz y cometerás alguna locura en el escondrijo de tus más encarnizados enemigos.

Sandokán lo miró con dos ojos que despedían llamas y emitió una especie de sordo rugido.

-Hermano mío -prosiguió el portugués-, no tientes demasiado a la suerte. ¡Estáte en guardia! La hambrienta Inglaterra ha puesto sus ojos sobre nuestra Mompracem y quizá no espere tu muerte para lanzarse sobre tus cachorros y destruirlos. Estáte en guardia, porque he visto un crucero erizado de cañones y repleto de armas rondando por nuestras aguas, y ése es un león que sólo está esperando su presa.

-¡Pero encontrará al Tigre! -exclamó Sandokán apretando los puños y temblando de pies a cabeza.

-Sí, lo encontrará y quizá sucumba en la batalla, pero su grito de muerte llegará hasta las costas de Labuán y otros se moverán contra ti. Morirán muchos leones, puesto que tú eres fuerte y terrible, ¡pero morirá también el Tigre!

-Yo...

Sandokán había dado un salto hacia adelante con los brazos contraídos por el furor, los ojos centelleantes y las manos apretadas como si empuñaran las armas. Pero fue un relámpago: se sentó a la mesa, apuró de un solo trago una copa que había quedado llena y dijo con voz perfectamente tranquila:

-Tienes razón, Yáñez; a pesar de todo, mañana iré a Labuán. Una fuerza irresistible me empuja hacia esas playas, y una voz me susurra que debo ver a la joven de los cabellos de oro, que debo... -¡Sandokán...! -Silencio, hermanito mío, vámonos a dormir.

Historia de Abdula, el mendigo ciego con locución de Darío Martínez Aznar

 




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Historia de Abdula, el mendigo ciego con locución de Darío Martínez Aznar y música Samai Nawa-atar
Cuento extraído de “Las mil y una noches”, Anónimo.

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Historia de Abdula, el mendigo ciego


El mendigo ciego que había jurado no recibir ninguna limosna que no estuviera acompañada de una bofetada, refirió al Califa su historia:

-Comendador de los Creyentes, he nacido en Bagdad. Con la herencia de mis padres y con mi trabajo, compré ochenta camellos que alquilaba a los mercaderes de las caravanas que se dirigían a las ciudades y a los confines de tu dilatado imperio.

Una tarde que volvía de Bassorah con mi recua vacía, me detuve para que pastaran los camellos; los vigilaba, sentado a la sombra de un árbol, ante una fuente, cuando llegó un derviche que iba a pie a Bassorah. Nos saludamos, sacamos nuestras provisiones y nos pusimos a comer fraternalmente. El derviche, mirando mis numerosos camellos, me dijo que no lejos de ahí, una montaña recelaba un tesoro tan infinito que aun después de cargar de joyas y de oro los ochenta camellos, no se notaría mengua en él. Arrebatado de gozo me arrojé al cuello del derviche y le rogué que me indicara el sitio, ofreciendo darle en agradecimiento un camello cargado. El derviche entendió que la codicia me hacía perder el buen sentido y me contestó:

-Hermano, debes comprender que tu oferta no guarda proporción con la fineza que esperas de mí. Puedo no hablarte más del tesoro y guardar mi secreto. Pero te quiero bien y te haré una proposición más cabal. Iremos a la montaña del tesoro y cargaremos los ochenta camellos; me darás cuarenta y te quedarás con otros cuarenta, y luego nos separaremos, tomando cada cual su camino.

Esta proposición razonable me pareció durísima, veía como un quebranto la pérdida de los cuarenta camellos y me escandalizaba que el derviche, un hombre harapiento, fuera no menos rico que yo. Accedí, sin embargo, para no arrepentirme hasta la muerte de haber perdido esa ocasión.

Reuní los camellos y nos encaminamos a un valle rodeado de montañas altísimas, en el que entramos por un desfiladero tan estrecho que sólo un camello podía pasar de frente.

El derviche hizo un haz de leña con las ramas secas que recogió en el valle, lo encendió por medio de unos polvos aromáticos, pronunció palabras incomprensibles, y vimos, a través de la humareda, que se abría la montaña y que había un palacio en el centro. Entramos, y lo primero que se ofreció a mi vista deslumbrada fueron unos montones de oro sobre los que se arrojó mi codicia como el águila sobre la presa, y empecé a llenar las bolsas que llevaba.

El derviche hizo otro tanto, noté que prefería las piedras preciosas al oro y resolví copiar su ejemplo. Ya cargados mis ochenta camellos, el derviche, antes de cerrar la montaña, sacó de una jarra de plata una cajita de madera de sándalo que según me hizo ver, contenía una pomada, y la guardó en el seno.

Salimos, la montaña se cerró, nos repartimos los ochenta camellos y valiéndome de las palabras más expresivas le agradecí la fineza que me había hecho, nos abrazamos con sumo alborozo y cada cual tomó su camino.

No había dado cien pasos cuando el numen de la codicia me acometió. Me arrepentí de haber cedido mis cuarenta camellos y su carga preciosa, y resolví quitárselos al derviche, por buenas o por malas. El derviche no necesita esas riquezas -pensé-, conoce el lugar del tesoro; además, está hecho a la indigencia.

Hice parar mis camellos y retrocedí corriendo y gritando para que se detuviera el derviche. Lo alcancé.

-Hermano -le dije-, he reflexionado que eres un hombre acostumbrado a vivir pacíficamente, sólo experto en la oración y en la devoción, y que no podrás nunca dirigir cuarenta camellos. Si quieres creerme, quédate solamente con treinta, aun así te verás en apuros para gobernarlos.

-Tienes razón -me respondió el derviche-. No había pensado en ello. Escoge los diez que más te acomoden, llévatelos y que Dios te guarde.

Aparté diez camellos que incorporé a los míos, pero la misma prontitud con que había cedido el derviche, encendió mi codicia. Volví de nuevo atrás y le repetí el mismo razonamiento, encareciéndole la dificultad que tendría para gobernar los camellos, y me llevé otros diez. Semejante al hidrópico que más sediento se halla cuanto más bebe, mi codicia aumentaba en proporción a la condescendencia del derviche. Logré, a fuerza de besos y de bendiciones, que me devolviera todos los camellos con su carga de oro y de pedrería. Al entregarme el último de todos, me dijo:

-Haz buen uso de estas riquezas y recuerda que Dios, que te las ha dado, puede quitártelas si no socorres a los menesterosos, a quienes la misericordia divina deja en el desamparo para que los ricos ejerciten su caridad y merezcan, así, una recompensa mayor en el Paraíso.

La codicia me había ofuscado de tal modo el entendimiento que, al darle gracias por la cesión de mis camellos, sólo pensaba en la cajita de sándalo que el derviche había guardado con tanto esmero.

Presumiendo que la pomada debía encerrar alguna maravillosa virtud, le rogué que me la diera, diciéndole que un hombre como él, que había renunciado a todas las vanidades del mundo, no necesitaba pomadas.

En mi interior estaba resuelto a quitársela por la fuerza, pero, lejos de rehusármela, el derviche sacó la cajita del seno, y me la entregó.

Cuando la tuve en las manos, la abrí. Mirando la pomada que contenía, le dije:

-Puesto que tu bondad es tan grande, te ruego que me digas cuáles son las virtudes de esta pomada.

-Son prodigiosas -me contestó-. Frotando con ella el ojo izquierdo y cerrando el derecho, se ven distintamente todos los tesoros ocultos en las entrañas de la tierra. Frotando el ojo derecho, se pierde la vista de los dos.

Maravillado, le rogué que me frotase con la pomada el ojo izquierdo.

El derviche accedió. Apenas me hubo frotado el ojo, aparecieron a mi vista tantos y tan diversos tesoros, que volvió a encenderse mi codicia. No me cansaba de contemplar tan infinitas riquezas, pero como me era preciso tener cerrado y cubierto con la mano el ojo derecho, y esto me fatigaba, rogué al derviche que me frotase con la pomada el ojo derecho, para ver más tesoros.

-Ya te dije -me contestó- que si aplicas la pomada al ojo derecho, perderás la vista.

-Hermano -le repliqué sonriendo- es imposible que esta pomada tenga dos cualidades tan contrarias y dos virtudes tan diversas.

Largo rato porfiamos; finalmente, el derviche, tomando a Dios por testigo de que me decía la verdad, cedió a mis instancias. Yo cerré el ojo izquierdo, el derviche me frotó con la pomada el ojo derecho. Cuando los abrí, estaba ciego.

Aunque tarde, conocí que el miserable deseo de riquezas me había perdido y maldije mi desmesurada codicia. Me arrojé a los pies del derviche.

-Hermano -le dije-, tú que siempre me has complacido y que eres tan sabio, devuélveme la vista.

-Desventurado -me respondió-, ¿no te previne de antemano y no hice todos los esfuerzos para preservarte de esta desdicha? Conozco, sí, muchos secretos, como has podido comprobar en el tiempo que hemos estado juntos, pero no conozco el secreto capaz de devolverte la luz. Dios te había colmado de riquezas que eras indigno de poseer, te las ha quitado para castigar tu codicia.

Reunió mis ochenta camellos y prosiguió con ellos su camino, dejándome solo y desamparado, sin atender a mis lágrimas y a mis súplicas. Desesperado, no sé cuántos días erré por esas montañas; unos peregrinos me recogieron.

FIN



El arte de amar con locución de Santiago Lafuente



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Libro primero de "El arte de amar" de Ovidio con locución de Santiago Lafuente y música Lira griega antigua

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EL ARTE DE AMAR DE OVIDIO. FRAGMENTO DEL LIBRO PRIMERO

Publicado entrelos años 2 a. C. y 2 d. C.

Si alguien en la ciudad de Roma ignora el arte de amar, lea mis páginas, y ame instruido por sus versos. El arte impulsa con las velas y el remo las ligeras naves, el arte guía los veloces carros, y el amor

se debe regir por el arte. Automedonte sobresalía en la conducción de los carros y el manejo de las flexibles riendas; Tifis acreditó su maestría en el gobierno de la nave de los Argonautas; Venus me ha escogido por el confidente de su tierno hijo, y espero ser llamado el Tifis y el Automedonte del amor.

Éste en verdad es cruel, y muchas veces experimenté su enojo; pero es niño, y apto por su corta edad para ser guiado. La cítara de Quirón educó al jovenzuelo Aquiles, domando su carácter feroz con la dulzura de la música; y el que tantas veces intimidó a sus compañeros y aterró a los enemigos, dícese que temblaba en presencia de un viejo cargado de años, y ofrecía sumiso al castigo del maestro aquellas manos que habían de ser tan funestas a Héctor.

Quirón fué el maestro de Aquiles, yo lo seré del amor: los dos niños temibles y los dos hijos de una diosa. No obstante, el toro dobla la cerviz al yugo del arado y el potro generoso tiene que tascar el freno; yo me someteré al amor, aunque me destroce el pecho con sus saetas y sacuda sobre mí sus antorchas encendidas.

Cuanto más riguroso me flecha y abrasa con sin par violencia, tanto más brío me infunde el anhelo de vengar mis heridas.

Yo no fingiré, Apolo, que he recibido de ti estas lecciones, ni que me las enseñaron los cantos de las aves, ni que se me apareció Clío con sus hermanas al apacentar mis rebaños en los valles de Ascra. La experiencia dicta mi poema; no despreciéis sus avisos saludables: canto la verdad. ¡Madre del amor, alienta el principio de mi carrera! ¡Lejos de mí, tenues cintas, insignias del pudor, y largos vestidos que cubrís la mitad de los pies! Nosotros cantamos placeres fáciles, hurtos perdonables, y los versos correrán limpios de toda intención criminal.

Joven soldado que te alistas en esta nueva milicia, esfuérzate lo primero por encontrar el objeto digno de tu predilección; en seguida trata de interesar con tus ruegos a la que te cautiva, y en tercer lugar, gobiérnate de modo que tu amor viva largo tiempo. Éste es mi propósito, éste el espacio por donde ha de volar mi carro, ésta la meta a la que han de acercarse sus ligeras ruedas.

Pues te hallas libre de todo lazo, aprovecha la ocasión y escoge a la que digas: «Tú sola me places.» No esperes que el cielo te la envíe en las alas del Céfiro; esa dicha has de buscarla por tus propios ojos. El cazador sabe muy bien en qué sitio ha detender las redes a los ciervos y en qué valle se esconde el jabalí feroz. El que acosa a los pájaros, conoce los árboles en que ponen los nidos, y el pescador de caña, las aguas abundantes en peces.

Así, tú, que corres tras una mujer que te profese cariño perdurable, dedícate a frecuentar los lugares en que se reúnen las bellas. No pretendo que en su persecución des las velas al viento o recorras lejanas tierras hasta encontrarla; deja que Perseo nos traiga su Andrómeda de la India, tostada por el sol, y el pastor de Frigia robe a Grecia su Helena; pues Roma te proporcionará lindas mujeres en tanto número, que te obligue a exclamar: «Aquí se hallan reunidas todas las hermosuras del orbe.» Cuantas mieses doran las faldas del Gárgaro, cuantos racimos llevan las viñas de Metimno, cuantos peces el mar, cuantas aves los árboles, cuantas estrellas resplandecen en el cielo, tantas .jóvenes hermosas pululan en Roma, porque Venus ha fijado su residencia en la ciudad de su hijo Eneas

Spade y Archer con locución de Santiago Lafuente

 



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Fragmento de "El halcón Maltés" de Dashiell Hammett, publicada en 1930. Capítulo 1. Spade y Archer con locución de Santiago Lafuente  y música Serenade From Hassan

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FRAGMENTO DE “EL HALCÓN MALTÉS” DE DASHIELL HAMMETT, publicada en 1930

CAPÍTULO 1. Spade y Archer


 Samuel Spade tenía larga y huesuda la quijada inferior, y la barbilla era una V protuberante bajo la V más flexible de la boca. Las aletas de la nariz retrocedían en curva para formar una V más pequeña. Los ojos, horizontales, eran de un gris amarillento. El tema de la V lo recogía la abultada sobreceja que destacaba en medio de un doble pliegue por encima de la nariz ganchuda, y el pelo, castaño claro, arrancaba de sienes altas y aplastadas para terminar en un pico sobre la frente. Spade tenía el simpático aspecto de un Satanás rubio. —¿Sí, cariño? —le dijo a Effie Perine. Era una muchacha larguirucha y tostada por el sol. El vestido de fina lana se le ceñía dando la impresión de estar mojado. Los ojos, castaños y traviesos, brillaban en una cara luminosa de muchacho. Acabó de cerrar la puerta tras de sí, se apoyó en ella y dijo: —Ahí fuera hay una chica que te quiere ver. Se llama Wonderly. —¿Cliente? —Supongo. En cualquier caso, querrás verla. Es un bombón. —Adentro con ella, amor mío —dijo Spade—, ¡adentro! Effie volvió a abrir la puerta y salió al primer despacho, conservando una mano sobre la bola de la puerta, en tanto que decía: —¿Quiere usted pasar, miss Wonderly? Una voz dijo «gracias» tan quedamente que sólo una perfecta articulación hizo inteligible la palabra, y una mujer joven pasó por la puerta. Avanzó despacio, como tanteando el piso, mirando a Spade con ojos del color del cobalto, a la vez tímidos y penetrantes. Era alta, cimbreña, sin un solo ángulo. Se mantenía derecha y era alta de pecho. Iba vestida en dos tonos de azul, elegidos pensando en los ojos. El pelo que asomaba por debajo del sombrero azul era de color rojo oscuro, y los llenos labios, de un rojo más encendido. A través de su sonrisa brillaba la blancura de los dientes. Spade se levantó, saludó inclinándose y señaló con la mano de gruesos dedos el sillón de roble junto a la mesa. Era alto, al menos de seis pies de estatura. El fuerte declive redondeado de los hombros hacía que su cuerpo pareciera casi cónico -no más ancho que gordo e impedía que la americana recién planchada le sentara bien. —Gracias —dijo la muchacha en un murmullo, antes de sentarse en el borde de madera del sillón. Spade se dejó caer en su sillón giratorio y le hizo dar un cuarto de vuelta para quedar de frente a la muchacha, sonriendo cortésmente. Sonreía sin separar los labios. Todas las uves de su rostro se hicieron más largas. El ruidillo del tecleo, el débil retinglar del timbre y el apagado rumor del carro de la máquina de escribir de Effie llegaban a través de la puerta cerrada. En alguna oficina cercana vibraba sordamente el motor de una máquina. Sobre la mesa de Spade humeaba un cigarrillo en un cenicero colmado de fláccidas colillas. El tablero amarillo de la mesa, el secante verde y los papeles que sobre él había estaban espolvoreados de copos grises de ceniza. Una ventana con cortinas color garbanzo, entreabierta unas ocho o diez pulgadas, dejaba entrar del patio un aire que olía a amoníaco. Los copos de ceniza temblaban y se arrastraban lentamente sobre la mesa en la corriente. Miss Wonderly contempló a los copos grises estremecerse y reptar. Sus ojos estaban intranquilos. Permanecía sentada sobre el borde del sillón. Los pies, apoyados de plano sobre el suelo, daban la sensación de que estaba a punto de levantarse. Las manos, calzadas de guantes oscuros, se apretaban sobre un bolso oscuro plano que tenía en el regazo. Spade se meció en su sillón y preguntó: —Bien, ¿en qué puedo servirle, miss Wonderly? Ella contuvo la respiración, le miró, tragó saliva y dijo apresuradamente: —¿Podría usted...? He pensado... Yo..., es decir... Se mordisqueó el labio interior con dientes brillantes y calló. Sólo los ojos oscuros hablaban ahora, suplicando. Spade sonrió y asintió con la cabeza como si la comprendiera, pero placenteramente, cual si de nada grave se tratara, y dijo: —¿Por qué no me lo cuenta todo, desde el principio, y entonces sabremos qué hay que hacer? Remóntese todo lo que pueda. —Fue en Nueva York. —Sí.


sábado, 10 de enero de 2026

La Metamorfosis con locución de Ginés García Agüera

 


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“La Metamorfosis” de Frank kafka, publicado en 1915 y con locución de Ginés García Agüera y música Ravel - Miroirs

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FRANK KAFKA
“La metamorfosis” publicado en 1915

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos. «¿Qué me ha ocurrido?», pensó. No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de paños desempaquetados —Samsa era viajante de comercio—, estaba colgado aquel cuadro que hacía poco había recortado de una revista y había colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una dama ataviada con un sombrero y una boa de piel, que estaba allí, sentada muy erguida y levantaba hacia el observador un pesado manguito de piel, en el cual había desaparecido su antebrazo. La mirada de Gregorio se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso —se oían caer gotas de lluvia sobre la chapa del alféizar de la ventana— lo ponía muy melancólico. «¿Qué pasaría —pensó— si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras?» Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a dormir del lado derecho, pero en su estado actual no podía ponerse de ese lado. Aunque se lanzase con mucha fuerza hacia el lado derecho, una y otra vez se volvía a balancear sobre la espalda. Lo intentó cien veces, cerraba los ojos para no tener que ver las patas que pataleaban, y sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado un dolor leve y sordo que antes nunca había sentido. «¡Dios mío! —pensó—. ¡Qué profesión tan dura he elegido! Un día sí y otro también de viaje. Los esfuerzos profesionales son mucho mayores que en el mismo almacén de la ciudad, y además se me ha endosado este ajetreo de viajar, el estar al tanto de los empalmes de tren, la comida mala y a deshora, una relación humana constantemente cambiante, nunca duradera, que jamás llega a ser cordial. ¡Que se vaya todo al diablo!» Sintió sobre el vientre un leve picor, con la espalda se deslizó lentamente más cerca de la cabecera de la cama para poder levantar mejor la cabeza; se encontró con que la parte que le picaba estaba totalmente cubierta por unos pequeños puntos blancos, que no sabía a qué se debían, y 81 quiso palpar esa parte con una pata, pero inmediatamente la retiró, porque el roce le producía escalofríos. Se deslizó de nuevo a su posición inicial. «Esto de levantarse pronto —pensó— hace a uno desvariar. El hombre tiene que dormir. Otros viajantes viven como pachás. Si yo, por ejemplo, a lo largo de la mañana vuelvo a la pensión para pasar a limpio los pedidos que he conseguido, estos señores todavía están sentados tomando el desayuno. Eso podría intentar yo con mi jefe, pero en ese momento iría a parar a la calle. Quién sabe, por lo demás, si no sería lo mejor para mí. Si no tuviera que dominarme por mis padres, ya me habría despedido hace tiempo, me habría presentado ante el jefe y le habría dicho mi opinión con toda mi alma. ¡Se habría caído de la mesa! Sí que es una extraña costumbre la de sentarse sobre la mesa y, desde esa altura, hablar hacia abajo con el empleado que, además, por culpa de la sordera del jefe, tiene que acercarse mucho. Bueno, la esperanza todavía no está perdida del todo; si alguna vez tengo el dinero suficiente para pagar las deudas que mis padres tienen con él —puedo tardar todavía entre cinco y seis años— lo hago con toda seguridad. Entonces habrá llegado el gran momento; ahora, por lo pronto, tengo que levantarme porque el tren sale a las cinco», y miró hacia el despertador que hacía tic tac sobre el armario. «¡Dios del cielo!», pensó.



viernes, 9 de enero de 2026

Carta de Plinio con locución de Juan Antonio Martínez Morales

 




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Carta de Plinio. El joven a Tácito explicando la muerte de su tío en la erupción del Vesubio / Pompeya con locución de Juan Antonio Martínez Morales y música Λύρα

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Carta de Plinio El joven a Tácito explicando la muerte de su tío en la erupción del Vesubio / Pompeya

C. PLINIO a su querido Tácito, salud


Pides que te escriba la muerte de mi tío para poder transmitirla a la posteridad con más veracidad. Te doy las gracias, pues veo que a su muerte, si es celebrada por ti, se le ha planteado una gloria inmortal.

En efecto, aunque murió en la destrucción de unas hermosísimas tierras, destinado en cierto modo a vivir siempre, como corresponde a los pueblos y ciudades de memorable suerte, aunque él mismo redactó obras numerosas y duraderas, sin embargo la inmortalidad de tus escritos incrementará mucho su permanencia.

En verdad considero dichosos a quienes les ha sido dado por obsequio de los dioses o hacer cosas dignas de ser escritas o escribir cosas dignas de ser leídas, pero considero los más dichosos a quienes se les ha dado ambas cosas. En el número de éstos estará mi tío, tanto por sus libros como por los tuyos. Por eso con mucho gusto asumo, incluso reivindico, lo que propones.

Estaba en Miseno y presidía el mando de la flota. El día 24 de agosto en torno a las 13 horas mi madre le indica que se divisa una nube de un tamaño y una forma inusual.

Él, tras haber disfrutado del sol, y luego de un baño frío, había tomado un bocado tumbado y ahora trabajaba; pide las sandalias, sube a un lugar desde el que podía contemplar mejor aquel fenómeno. Una nube (no estaba claro de qué monte venía según se la veía de lejos; sólo luego se supo que había sido del Vesubio) estaba surgiendo. No se parecía por su forma a ningún otro árbol que no fuera un pino.

Pues extendiéndose de abajo arriba en forma de tronco, por decirlo así, de forma muy alargada, se dispersaba en algunas ramas, según creo, porque reavivada por un soplo reciente, al disminuir éste luego, se disipaba a todo lo ancho, abandonada o más bien vencida por su peso; unas veces tenía un color blanco brillante, otras sucio y con manchas, como si hubiera llevado hasta el cielo tierra o ceniza.



Le pareció que debía ser examinado en mayor medida y más cerca, como corresponde a un hombre muy erudito. Ordena que se prepare una libúrnica (*) ;me da la posibilidad de acompañarle, si quería; le respondí que yo prefería estudiar, y casualmente él mismo me había puesto algo para escribir.

(*) Libúrnica: Barco ligero con varios ordenes de remeros para uso costero. Una trirreme ligera.

Salía de casa; recibe un mensaje de Rectina, la esposa de Tasco, asustada por el amenazante peligro (pues su villa estaba bajo el Vesubio, y no había salida alguna excepto por barcos): rogaba que la salvara de tan gran apuro.

Cambia de plan y lo que había empezado con ánimo científico lo afronta con el mayor empeño. Sacó unas barcas con cuatro filas de remos y embarcó dispuesto a ayudar no sólo a Rectina, sino también a muchos (pues lo agradable de la costa la había llenado de bañistas).

Se apresura a dirigirse a la parte de donde los demás huyen y mantiene el rumbo fijo y el timón hacia el peligro, estando sólo él libre de temor, de forma que fue dictando a su secretario y tomando notas de todas las características de aquel acontecimiento y todas sus formas según las había visto por sus propios ojos.

Ya caía ceniza en las naves, cuanto más se acercaban, más caliente y más densa; ya hasta piedras pómez y negras, quemadas y rotas por el fuego; ya un repentino bajo fondo y la playa inaccesible por el desplome del monte. Habiendo vacilado un poco sobre si debía girar hacia atrás, luego al piloto, que advertía que se hiciera así, le dice: «La fortuna ayuda a los valerosos: dirígete a casa de Pomponiani».



Se encontraba en Estabias apartado del centro del golfo (pues poco a poco el mar se adentra en la costa curvada y redondeada) Allí aunque el peligro no era próximo pero sí evidente y al arreciar la erupción muy cercana, había llevado equipajes a las naves, seguro de escapar si se aplacaba el viento que venía de frente y por el que era llevado de forma favorable mi tío. Él abraza, consuela y anima al asustado Pomponio. y para mitigar con su seguridad el temor de aquél, le ordena proporcionarle un baño; después del aseo, se reclina junto a la mesa, cena realmente alegre o (lo que es igualmente grande) simulando estar alegre.

Entre tanto desde el monte Vesubio por muchos lugares resplandecían llamaradas anchísimas y elevadas deflagraciones, cuyo resplandor y luminosidad se acentuaba por las tinieblas de la noche. Mi tío, para remedio del miedo, insistía en decir que debido a la agitación de los campesinos, se habían dejado los fuegos y las villas desiertas ardían sin vigilancia. Después se echó a reposar y reposó en verdad con un profundísimo sueño, pues su respiración, que era bastante pesada y ruidosa debido a su corpulencia, era oída por los que se encontraban ante su puerta.

Pero el patio desde el que se accedía a la estancia, colmado ya de una mezcla de ceniza y piedra pómez se había elevado de tal modo que, si se permanecía más tiempo en la habitación, se impediría la salida. Una vez despertado, sale y se reúne con Pomponiano y los demás que habían permanecido alertas.

Deliberan en común si se quedan en la casa o se van a donde sea al campo. Pues los aposentos oscilaban con frecuentes y amplios temblores y parecía que sacados de sus cimientos iban y volvían unas veces a un lado y otras a otro.

A la intemperie de nuevo se temía la caída de piedras pómez a pesar de ser ligeras y carcomidas, pero se escogió esta opción comparando peligros; y en el caso de mi tío, una reflexión se impuso a otra reflexión, en el de los demás, un temor a otro temor. Atan con vendas almohadas colocadas sobre sus espaldas: Esto fue la protección contra la caída de piedras.



Ya era de día en otros sitios y allí había una noche más negra y más espesa que todas las noches. Sin embargo muchas teas y variadas luminarias la aliviaban. Se decidió dirigirse hacia la playa y examinar desde cerca qué posibilidad ofrecería ya el mar; pero éste permanecía aún inaccesible y adverso.

Allí echado sobre una sábana extendida pidió una y otra vez agua fría y la apuró. Luego las llamas y el olor a azufre, indicio de las llamas, ponen en fuga a los demás. a él lo alertan.

Apoyándose en dos esclavos se levantó e inmediatamente se desplomó, según yo supongo, al quedar obstruida la respiración por la mayor densidad del humo, y al cerrársele el esófago, que por naturaleza tenía débil y estrecho y frecuentemente le producía ardores.



Cuando volvió la luz (era el tercer día, contando desde el que había visto por última vez) se halló su cuerpo intacto, sin heridas y cubierto tal y como se había vestido. El aspecto era más parecido a una persona dormida que a un cadáver.

Entre tanto en Miseno mi madre y yo … pero esto no importa a la historia, ni tú quisiste saber otra cosa que su final. Por tanto termino.

Únicamente añadiré que he narrado todo en lo que yo había estado presente y lo que había oído inmediatamente, cuando se recuerda la verdad en mayor medida. Tú seleccionarás lo más importante; de hecho, una cosa es escribir una carta y otra escribir historia, una cosa es escribir a un amigo y otra a todos. Adiós.

 

Carta de Antoine De Saint Exúpery a su amiga Rinette con locución de Santos Campoy

 



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Carta de Antoine De Saint Exúpery a su amiga Rinette con locución de Santos Campoy y música Las olas del mar combinadas con La paloma (1930)

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CARTA DE ANTOINE DE SAINT EXÚPERY A SU AMIGA RINETTE, FECHADA EN ALICANTE EN 1927

Alicante,1 de enero de 1927


Son las dos de la madrugada, Rinette.

He desembarcado esta tarde, procedente de Toulouse después de un viaje sin historia. Hace un tiempo espléndido. Alicante es el punto más cálido de Europa, el único lugar en el que maduran los dátiles. Y yo también -casi- bajo este cielo claro. Me paseo sin abrigo, maravillado de esta noche de las Mil y una Noches, palmeras, estrellas cálidas y un mar tan discreto que ni se le oye, ni se le ve, apenas si se le adivina.

Bajando del avión me he redescubierto en plena juventud. Tenía unas ganas locas de extenderme sobre la hierba y bostezar con todas mis fuerzas, lo cual es bien agradable, y estirarme completamente, que también lo es. Este sol favorecía mis deseos imprecisos, los hacía surgir. Tenía mil razones para ser feliz. Los cocheros de simón también. Los limpiabotas, puliendo, acariciando los zapatos y riendo cuando habían terminado, también. Qué día de año nuevo más lleno de promesas. Qué riqueza de vida hoy.

Me había jurado a mí mismo no volver a escribir. Pero acabo de regalar tres cigarrillos a un mendigo porque se ha mostrado tan feliz que he querido hacer durar aquella expresión en su rostro. Me siento lleno de bondad y de indulgencia. Te perdono.
Y además... la otra noche telefoneé a Bertrand con tal hipocresía que no me lo quería confesar ni a mí mismo. Me has domesticado y me he vuelto humilde. En el fondo es dulce dejarse domesticar. Pero tú me costarás otros días de tristeza y estoy bien equivocado.

No hay maldad en mis palabras, Rinette, pero estas cosas tienen más importancia para mí que para ti. No es justo que pague yo con dolor por una simple pereza. Tiene un cierto encanto. Pero tú no lo comprendes.

¡Bah! De momento estoy escuchando una pianola... Es magnífico. Todas las españolas son heroínas de ópera. A mí me lo parecen.
A causa de la pianola. Una de ellas llora en un rincón, me gustaría mucho saber por qué, porque es la única de Alicante. Cinco o seis fulanas gordas chillando a su alrededor todas a la vez la consuelan. ¡Qué jaleo! Pero no quiere comprender que es feliz. Le gusta su hermosa penilla.

Adiós, Rinette. Quizá encuentre tus cartas al regresar. Me pasearé un poco más por entre la intimidad de las españolas. En este clima suave todos tienen un secreto, pero es el mismo. Porque se miran y sonríen. Y para sonreír no es necesario saber ni tres palabras de español, entonces hablo ...

Llevo conmigo mi papel de escribir, si tengo ganas te escribiré más esta noche.

Y si no lo hago...

Antoine

 

Cartas de amor de Antoine De Saint-Exupéry a su mujer con locución de Ginés García Agüera

 







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Cartas de amor de Antoine De Saint-Exupéry a su mujer, Consuelo Suncín De Saint-Exupéry con locución de Ginés García Agüera y música Massenet: Méditation aus »Thaïs« ∙ hr-Sinfonieorchester ∙ Emmanuel Tjeknavorian ∙ Alain Altinoglu

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Cartas de amor | de Antoine De Saint-Exupéry a su mujer, Consuelo Suncín De Saint-Exupéry. 

Mayo de 1944

No se dan las gracias a un jardín. Yo siempre he dividido a la humanidad en dos partes. Hay seres-jardín y seres-patio. Estos pasean su patio consigo, lo sofocan a uno entre sus cuatro muros, y uno se ve obligado a hablar con ellos para hacer ruido. Es penoso, el silencio, en un patio. Pero por los jardines uno se pasea. Uno puede callarse y respirar. Se está a gusto. Y las sorpresas agradables aparecen solas. No hay nada que buscar. Una mariposa, un escarabajo, una luciérnaga se nos muestran. No sabemos nada sobre la civilización de la luciérnaga. Uno sueña. El escarabajo parece saber a dónde va. Tiene mucha prisa. Es asombroso, y seguimos soñando. Luego la mariposa. Cuando se posa sobre una flor espléndida, uno se dice: para ella es como si se posara en una terraza de Babilonia, un jardín colgante que se balancea… Luego uno se calla al ver tres o cuatro estrellas. Pero no le doy las gracias por todo esto. Usted es como es. Simplemente tengo ganas de pasearme todavía en su jardín. También pensé otra cosa. Hay gente-carretera nacional y hay gente-senderos. La gente-carretera nacional me aburre. Me aburre el granito de los mojones. Van hacia algo preciso, una ganancia, una ambición. A lo largo de los senderos, por el contrario, hay avellanos, y se puede pasear entre ellos para mordisquear sus frutos. A cada paso, uno está allí para estar allí, no en otro lugar. Pero no hay absolutamente nada que aprender de los mojones.

miércoles, 7 de enero de 2026

En la catedral con locución de Santos Campoy

 





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Capítulo "En la catedral" incluido en el libro "El proceso" de Franz Kafka con locución de Santos Campoy y música Adagio de Johann Sebastián Bach, en re menor.

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Ante la ley 

Franz Kafka 


Ante las puertas de la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar.


El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.


-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.


La puerta que da a la ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:


-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.


El campesino no había previsto estas dificultades; la ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.


Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:


-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.


Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.


-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.


-Todos se esfuerzan por llegar a la ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?


El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:


-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.