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  • Banco de Relatos Sonoros de la Red de Bibliotecas de Lorca
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    Spade y Archer con locución de Santiago Lafuente


     



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    Fragmento de "El halcón Maltés" de Dashiell Hammett, publicada en 1930. Capítulo 1. Spade y Archer con locución de Santiago Lafuente  y música Serenade From Hassan

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    FRAGMENTO DE “EL HALCÓN MALTÉS” DE DASHIELL HAMMETT, publicada en 1930

    CAPÍTULO 1. Spade y Archer


     Samuel Spade tenía larga y huesuda la quijada inferior, y la barbilla era una V protuberante bajo la V más flexible de la boca. Las aletas de la nariz retrocedían en curva para formar una V más pequeña. Los ojos, horizontales, eran de un gris amarillento. El tema de la V lo recogía la abultada sobreceja que destacaba en medio de un doble pliegue por encima de la nariz ganchuda, y el pelo, castaño claro, arrancaba de sienes altas y aplastadas para terminar en un pico sobre la frente. Spade tenía el simpático aspecto de un Satanás rubio. —¿Sí, cariño? —le dijo a Effie Perine. Era una muchacha larguirucha y tostada por el sol. El vestido de fina lana se le ceñía dando la impresión de estar mojado. Los ojos, castaños y traviesos, brillaban en una cara luminosa de muchacho. Acabó de cerrar la puerta tras de sí, se apoyó en ella y dijo: —Ahí fuera hay una chica que te quiere ver. Se llama Wonderly. —¿Cliente? —Supongo. En cualquier caso, querrás verla. Es un bombón. —Adentro con ella, amor mío —dijo Spade—, ¡adentro! Effie volvió a abrir la puerta y salió al primer despacho, conservando una mano sobre la bola de la puerta, en tanto que decía: —¿Quiere usted pasar, miss Wonderly? Una voz dijo «gracias» tan quedamente que sólo una perfecta articulación hizo inteligible la palabra, y una mujer joven pasó por la puerta. Avanzó despacio, como tanteando el piso, mirando a Spade con ojos del color del cobalto, a la vez tímidos y penetrantes. Era alta, cimbreña, sin un solo ángulo. Se mantenía derecha y era alta de pecho. Iba vestida en dos tonos de azul, elegidos pensando en los ojos. El pelo que asomaba por debajo del sombrero azul era de color rojo oscuro, y los llenos labios, de un rojo más encendido. A través de su sonrisa brillaba la blancura de los dientes. Spade se levantó, saludó inclinándose y señaló con la mano de gruesos dedos el sillón de roble junto a la mesa. Era alto, al menos de seis pies de estatura. El fuerte declive redondeado de los hombros hacía que su cuerpo pareciera casi cónico -no más ancho que gordo e impedía que la americana recién planchada le sentara bien. —Gracias —dijo la muchacha en un murmullo, antes de sentarse en el borde de madera del sillón. Spade se dejó caer en su sillón giratorio y le hizo dar un cuarto de vuelta para quedar de frente a la muchacha, sonriendo cortésmente. Sonreía sin separar los labios. Todas las uves de su rostro se hicieron más largas. El ruidillo del tecleo, el débil retinglar del timbre y el apagado rumor del carro de la máquina de escribir de Effie llegaban a través de la puerta cerrada. En alguna oficina cercana vibraba sordamente el motor de una máquina. Sobre la mesa de Spade humeaba un cigarrillo en un cenicero colmado de fláccidas colillas. El tablero amarillo de la mesa, el secante verde y los papeles que sobre él había estaban espolvoreados de copos grises de ceniza. Una ventana con cortinas color garbanzo, entreabierta unas ocho o diez pulgadas, dejaba entrar del patio un aire que olía a amoníaco. Los copos de ceniza temblaban y se arrastraban lentamente sobre la mesa en la corriente. Miss Wonderly contempló a los copos grises estremecerse y reptar. Sus ojos estaban intranquilos. Permanecía sentada sobre el borde del sillón. Los pies, apoyados de plano sobre el suelo, daban la sensación de que estaba a punto de levantarse. Las manos, calzadas de guantes oscuros, se apretaban sobre un bolso oscuro plano que tenía en el regazo. Spade se meció en su sillón y preguntó: —Bien, ¿en qué puedo servirle, miss Wonderly? Ella contuvo la respiración, le miró, tragó saliva y dijo apresuradamente: —¿Podría usted...? He pensado... Yo..., es decir... Se mordisqueó el labio interior con dientes brillantes y calló. Sólo los ojos oscuros hablaban ahora, suplicando. Spade sonrió y asintió con la cabeza como si la comprendiera, pero placenteramente, cual si de nada grave se tratara, y dijo: —¿Por qué no me lo cuenta todo, desde el principio, y entonces sabremos qué hay que hacer? Remóntese todo lo que pueda. —Fue en Nueva York. —Sí.



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    Consiste en la creación de un banco de relatos sonoros para facilitar el acceso a la lectura a todas aquellas personas que por cualquier razón (problemas de movilidad, visión, hospitalización, etc.) no puedan hacer uso de los libros de las bibliotecas municipales, y por supuesto para todo aquel que los quiera escuchar.

    Para ello, se van a grabar una serie de lecturas de obras literarias breves con diversas personas (actores, poetas, profesores y periodistas) que generosamente han querido colaborar prestándonos su voz.

    Estas grabaciones se irán publicando a través de los portales de la Red Municipal de Bibliotecas y de la Concejalía de Política Social del Mayor.

    Paralelamente se realizarán talleres de escritura y narración que permitan grabar a los autores sus relatos, ampliando así los cauces de participación de nuestros mayores convirtiéndolos en creadores y narradores de sus propias historias.


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